Artículo original de Articulate Foundation
En toda América Latina, la sociedad civil está atravesando una profunda transformación. La cooperación internacional se está reduciendo, los entornos normativos se están endureciendo y se pide a las organizaciones que hagan más con menos recursos. Lo que muchos denominan «crisis de financiación» es, en realidad, algo más profundo: un cambio estructural en la forma en que se financia y se sostiene la acción cívica.
Creemos que este momento requiere algo más que adaptación. Requiere reinvención. Y una dinámica que merece mucha atención es el auge de los círculos de dar, un modelo de filantropía colectiva que es democrático, participativo y escalable.
Un círculo de dar es una idea sencilla pero poderosa. Un grupo de personas unidas por una causa, una zona geográfica o una identidad compartida se comprometen a aportar una cantidad fija de dinero de forma periódica. Esas contribuciones se ponen en común y los miembros deciden colectivamente qué organizaciones sin ánimo de lucro recibirán los fondos. El ciclo se repite, convirtiendo la donación en una práctica cívica continua en lugar de una transacción puntual.
Según Philanthropy Together, los círculos de dar son una forma de filantropía participativa en la que los miembros determinan conjuntamente el destino de los recursos. Muchos círculos van más allá de las contribuciones financieras e involucran a los miembros en actividades de voluntariado, aprendizaje e interacción directa con las organizaciones a las que apoyan. En este sentido, no son solo mecanismos de recaudación de fondos, sino plataformas de construcción de comunidad.
El modelo no es nuevo. Los círculos de dar existen en Estados Unidos desde la década de 1980, a menudo iniciados por mujeres que querían aumentar su impacto colectivo y fortalecer los lazos comunitarios. Desde 2007, el número de círculos de donantes en Estados Unidos se ha triplicado. Hace cinco años, investigaciones estimaron que una muestra de casi 2500 círculos de dar habían involucrado a 150.000 donantes y distribuido cerca de 1300 millones de dólares a organizaciones sin ánimo de lucro.
El crecimiento ha continuado a una velocidad notable. Investigaciones recientes indican que ahora hay casi 4000 círculos de donantes en los Estados Unidos, que involucran a aproximadamente 370 000 miembros y movilizan más de 3100 millones de dólares entre 2017 y 2023. Esto representa más del doble de los totales anteriores. Lo que comenzó como pequeñas iniciativas comunitarias se ha convertido en una fuerza multimillonaria en la filantropía.
La importancia de estas cifras radica no solo en los importes totales recaudados, sino en lo que representan. Los círculos de dar demuestran que las contribuciones modestas y recurrentes, cuando se organizan colectivamente, pueden generar flujos de financiación sustanciales y sostenidos. Demuestran que la influencia filantrópica no tiene por qué concentrarse en un puñado de grandes fundaciones. Puede distribuirse entre miles de ciudadanos comprometidos.
Una de las dimensiones más estratégicas de los círculos de donantes, destacada por plataformas como Grapevine, es que se basan en contribuciones recurrentes en lugar de en una financiación colectiva puntual. Los miembros no se limitan a responder a emergencias aisladas, sino que se comprometen a un ritmo de inversión colectiva. Esta regularidad crea previsibilidad para las organizaciones apoyadas y fomenta las relaciones a largo plazo entre donantes y beneficiarios. En entornos marcados por la volatilidad y los ciclos de financiación cortos, como suele ser el caso en América Latina, la estabilidad de las donaciones estructuradas y recurrentes puede ser tan transformadora como la cantidad total recaudada.
Los círculos de dar también funcionan como espacios de desarrollo del liderazgo. Los miembros facilitan los debates, evalúan las propuestas sin ánimo de lucro, deliberan sobre las prioridades y practican la creación de consenso. Al hacerlo, refuerzan habilidades que van más allá de la filantropía: comunicación, gobernanza, toma de decisiones compartida y rendición de cuentas. En contextos en los que la cultura democrática se ve sometida a presión, esta dimensión participativa no es incidental. Las donaciones colectivas se convierten en una práctica viva de responsabilidad cívica, un microcosmos de los valores democráticos que muchas organizaciones de la región tratan de defender.
Esta redistribución democrática del poder de donación es especialmente relevante para América Latina. En muchos contextos de la región, las organizaciones de la sociedad civil dependen en gran medida de donantes externos. Si bien la solidaridad internacional sigue siendo esencial, la dependencia excesiva crea vulnerabilidad. Los ciclos de financiación cambian. Las prioridades políticas cambian. La volatilidad de las divisas perturba la planificación. Cuando los recursos se concentran, el riesgo también se concentra.
Los círculos de dar ofrecen una vía complementaria: la sostenibilidad distribuida. En lugar de depender de una única subvención importante, las organizaciones cultivan una base más amplia de contribuyentes recurrentes. Incluso los compromisos mensuales relativamente pequeños, cuando se agregan, pueden generar subvenciones anuales significativas.
Imaginemos, por ejemplo, un círculo formado por 800 mujeres de toda América Latina y la diáspora comprometidas con el avance de la justicia económica para las mujeres sobrevivientes de la violencia de género. Cada miembro contribuye con 40 dólares al mes. Ese compromiso colectivo generaría casi 384,000 dólares al año, suficiente para apoyar, por ejemplo, clínicas de asistencia jurídica, programas de microempresas para supervivientes, ampliar la formación en seguridad digital para mujeres líderes o sostener diversas organizaciones feministas que a menudo sufren una falta crónica de financiación. Más allá del impacto financiero, esas 800 mujeres estarían conectadas a través de un propósito común, aprendiendo juntas sobre la desigualdad estructural, amplificando el liderazgo de cada una y construyendo una red transfronteriza de solidaridad que fortalece el tejido mismo de los movimientos feministas regionales.
Ahora imaginemos un segundo círculo centrado en la resiliencia democrática y la defensa de los derechos humanos. Una red de jóvenes profesionales, académicos, empresarios y miembros de la diáspora —1500 personas que aportan 50 dólares al mes— podría movilizar 900,000 dólares al año. Esos recursos podrían sostener el periodismo de investigación independiente, apoyar litigios estratégicos ante organismos regionales de derechos humanos, proteger a activistas que se enfrentan a la criminalización o invertir en tecnología cívica que amplíe la transparencia y la participación. En contextos en los que las instituciones democráticas están sometidas a presión, este tipo de capital cívico distribuido se convierte en algo más que financiación; se convierte en infraestructura para la resistencia, la rendición de cuentas y la renovación.
La matemática es sencilla; pero el impacto es profundo
Más allá de la resiliencia financiera, los círculos de donantes cultivan el sentido de pertenencia cívica. La investigación resumida por Candid destaca cómo estas estructuras refuerzan el compromiso, amplían las redes y profundizan la comprensión de los miembros sobre las cuestiones sociales. Los participantes no se limitan a firmar cheques, sino que deliberan, aprenden y establecen relaciones. Al hacerlo, se convierten en partes interesadas en la sostenibilidad de la democracia y los derechos humanos.
Para América Latina, esta dinámica es especialmente prometedora en relación con las comunidades de la diáspora. Millones de latinoamericanos viven en el extranjero, a menudo profundamente comprometidos con el futuro de sus países de origen, pero sin saber cómo participar de manera eficaz. Un círculo de dar puede proporcionar estructura, transparencia y diligencia debida colectiva. Puede transformar las remesas individuales o las donaciones esporádicas en una inversión cívica estratégica y coordinada.
Los círculos de dar también funcionan como incubadoras de liderazgo. La concesión participativa de subvenciones requiere facilitación, negociación, rendición de cuentas y gobernanza compartida. En ese sentido, la filantropía colectiva se convierte en un campo de entrenamiento para la práctica democrática. En contextos en los que las instituciones democráticas están sometidas a tensión, practicar la democracia dentro de las comunidades filantrópicas no es trivial, sino formativo.
Como organizaciones de la sociedad civil, debemos considerar los círculos de dar no como un sustituto de la filantropía institucional, sino como parte de un ecosistema más amplio de reinvención. La sostenibilidad de la sociedad civil ya no es sinónimo de continuidad operativa. Se trata de relevancia, reinvención y construcción de bases de apoyo social y económico más amplias. En un ecosistema en transformación, la creatividad no es un lujo, sino una herramienta estratégica de supervivencia y expansión.
El auge de los círculos de dar a nivel mundial sugiere que las donaciones colectivas son más que una tendencia. Son un movimiento. Reflejan el deseo de los ciudadanos de pasar del apoyo pasivo a la participación activa, de las donaciones aisladas a la responsabilidad compartida.
La pregunta para América Latina no es si podemos replicar exactamente el modelo estadounidense. Nuestros contextos son diferentes. Nuestros marcos regulatorios son diferentes. Nuestras culturas filantrópicas son diferentes. La pregunta es cómo adaptamos el principio de donaciones colectivas y democráticas a nuestras realidades, incorporando a las comunidades de la diáspora, los jóvenes profesionales, las redes feministas, las plataformas digitales y la solidaridad regional.
En tiempos de déficit fiscal y presión política, ampliar quién financia la democracia se convierte en un imperativo estratégico. Los círculos de donantes invitan a más personas a asumir esa responsabilidad. Transforman a los simpatizantes en coarquitectos del impacto.
Y quizás lo más importante es que nos recuerdan algo esencial: la democracia es más fuerte cuando muchas personas contribuyen, juntas.


